
Esta primavera Micaela ya tiene tres años, así que pensamos que podría gustarle una visita al zoo. Planeamos, para el jueves primero de mayo, una excursión matutina al zoológico de Barcelona; los días de antes estuvimos hablando durante muuucho rato sobre los animales que vivían allí y que podríamos ver: elefantes, tigres, leones, rinocerontes, cebras, camellos y dromedarios… ya casi los conocíamos a todos.
Habíamos ido muy temprano y, por suerte, no hicimos cola. Pero aún hubo que aclarar un pequeño malentendido antes de poder pasear tranquilamente por todo el parque: ¡que los animales están en jaulas y no pueden salir por donde quieran! Parece que, con tanto entusiasmo por estudiar a todos los bichos, habíamos pasado por alto ese detalle: la primera parte de la ruta hubo que dedicarla a comprobar —siempre desde lo alto— los sistemas de seguridad de las jaulas y recintos varios. (La verdad es que para nuestros brazos duró un poco demasiado: ¡que ya son quince kilos por lo menos!) Al rato, el miedo cambió y pasó a ser solo ligera desconfianza y pudimos disfrutar de la salida a placer.
A la entrada estaban las cebras y los canguros, y luego las jirafas, los “bambis” y los flamencos (que se peleaban por un gusano); después llegamos a donde estaban el elefante, las grullas, los mandriles, los guacamayos, el leopardo y la pantera. Luego había leones y un tigre que no quería salir; el chimpancé no nos saludó, porque sesteaba en su hamaca del techo, y el gorila era un antipático que nos dio todo el rato la espalda. Así que nos fuimos a ver a los leones marinos y los pingüinos: se tira, no se tira… se tira, no se tira ¡Por fin se lanzó al agua! Y al último que visitamos fue el “marrano” del rinoceronte, que se hizo caca mientras lo mirábamos. Desde luego, fue el que más divirtió a Micaela y el primero que explicó al llegar a casa: “Y… ¿sabes? ¡el rinoceronte se ha hecho una caca gigantesca!”
Como las estrategias de venta rozan lo invasivo —hay que pasar obligatoriamente por la tienda para salir del recinto, por ejemplo—, acabamos comprando un par de recuerdos: un delfín de goma para la bañera, unas postales y la Petita enciclopèdia del mar, un libro editado por Cruïlla, de unas 125 páginas. Está lleno de fotografías y colores y la parte de texto aparece en dos caligrafías distintas: una simula la escritura de un niño, con una redacción muy sencilla; la otra es la del adulto y complementa la información de la anterior. Es un buen libro para ir leyendo en esos ratos que quedan entre el baño y la cena, o mientras se acaba de hacer la sopa, o cuando esperamos que sean las seis para irnos y aún faltan diez minutitos largos…